Cinco anécdotas, un papá

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Por Lea M., colaboradora.

Cinco anécdotas, un papá

La cantidad de anécdotas que tiene mi papá son  la cantidad de días que tiene su vida. Mi abuela Pilar contaba que de tanto en tanto llegaba de la escuela sin un zapato.  Al parecer después del colegio se iba con un grupo de compañeros a un baldío que quedaba cerca y hacían un picadito. Para eso se llevaba los “zapatos de fútbol” como llama papá a los botines. En algún punto del recorrido perdía un zapato de vestir y ya en su casa mi abuela Pilar, vaciando el bolso de Lito, encontraba un solo zapato del uniforme. Ahí arrancaban los gritos y los sopapos. Mi abuela era una exiliada española de la primer posguerra, y a pesar de que mi abuelo tenía auto y se iban de vacaciones a Mar del Plata, para ella un zapato de colegio era un bien preciado que tranquilamente calificaría para ser guardado junto con las perlas.

Las anécdotas que vienen primero a mi cabeza son las que me repite mamá cada tanto, de las que soy parte siendo muy chiquita. Mi vieja cuenta que me dejó “sólo dos veces” al cuidado de mi papá, “solo dos veces” repite. La primera vez, con apenas 8 meses, en los brazos de mi viejo, me quemé la mano con un plato de pastas caliente en un restaurante. Grito pelado, ampolla, gritos, carne viva, llantos, guardia, gritos, cicatul. La segunda vez que me dejó a su cargo, a los tres años, me perdió en la esquina de la heladería Gorlero en plena temporada de verano, que es algo así como la calle Florida al mediodía en el momento en que se vacían los edificios de oficinas y se llenan los restaurantes. Mamá cuenta que le dijo a papá: “Cruzo a ver la vidriera de enfrente un minuto y vengo, agarrá a Mora” y cuando volvió y no me vio de su mano le preguntó en medio del amontonamiento dónde estaba, “Mora…Mora…estaba acá hace un minuto!”, contestó papá mirando para todos lados entre la muchedumbre. Mamá entró en la heladería codeando caderas, se agachó y miró entre las patas de la gente que con sus tiquets en la mano intentaba llegar al mostrador como a la valla de River en un recital de los Rollings. Me divisó al fondo, cerca de la caja, mirando a los clientes y preguntando muy tranquila: “¿Mamá? ¿Mamá?”.

Otra anécdota es la famosa “Trombetta!”. Haciendo la cola del cine le dice a mamá: “Uh! Miralo a Trombetta!”. “¿A quién?”, pregunta mamá. “A Trombetta, un compañero del colegio”. Se separa unos metros y le pega con el rollo del suplemento de espectáculos en la cabeza  al grito de “Cómo andas pelado! Tanto tiempo”. Trombetta se da vuelta y con una sonrisa tímida le da la mano, le presenta a su mujer y entablan una típica conversación de encuentro entre amigos de la infancia. Se preguntan por la madre, ¿la familia bien?,  me alegro, che! qué lindo verte de nuevo. Después de unos minutos volvió a donde esperaba mamá, quien con una sonrisa simpática los miraba a la distancia sin perder el lugar en la cola. Papá volvía tocándose la nariz tratando de ocultar su risa. “Ali, no era Trombetta.”

A los 12 años me fue a buscar solo en micro a Córdoba, donde yo estaba de viaje de egresados de séptimos grado. Tenía que volverme antes que el resto para rendir un examen de ingreso al colegio secundario. Mamá cuenta que lo vio alejarse en el micro con una sonrisa, como queriéndole decir algo, pero arrancaba la primavera y el día estaba soleado y ella también estaba contenta porque seguramente no iba a llover en la ruta. Cuando papá saludaba a mamá desde la ventana del micro en movimiento, se dio cuenta que no tenía plata. La billetera con los documentos sí, pero ni un peso. Estábamos en el período en que papá dejaba que mamá administre el dinero y las tarjetas las habían cancelado hacía unos meses. Los pasajes de vuelta los compró convenciendo al cordobés de la terminal que la credencial de la obra social era una tarjeta de crédito. Yo nunca me enteré lo que había pasado hasta muchos años después. En ese momento sólo me resultó raro que la cena arriba del bondi a Buenos Aires fuera un sándwich de salame y una Coca compartidos entre los dos. Mi papá es gordito y le gusta mucho comer. A mí también.

Es normal que papá pierda billetera, celular, campera, pullover, todo elemento que no lleve adosado a su cuerpo y que tenga la posibilidad de quedar a la deriva mientras que su vida toma cursos impensados. Le diagnosticaron el trastorno bipolar recién a los 50 años. Más tarde surgieron clasificaciones y calzó aparentemente en el Tipo 3. Hace terapia desde su primera depresión grave que fue a los 27, en el año 1966. En esa época ir al psicólogo en Buenos Aires y en su círculo social, era casi como ser homosexual. Mi papá es de los que amaban a Olmedo, iba a clubes a jugar a la paleta vasca donde no se permitía la entrada a mujeres, cenaba los miércoles con los muchachos de la cuadra, los jueves con los muchachos de la facultad, los viernes con los muchachos de Ferro y ya en la temprana juventud había cambiado de santuario los domingos. El médico dice que el suyo es un caso muy particular, que con su enfermedad los pacientes no llegan ni a trabajar ni a formar una familia. Mi papá es ingeniero, armó una empresa, se casó,  tuvo tres hijas y ahora tiene tres nietas. Mi teoría es que mi hermosa abuela Pilar, con su dureza vasca y el salvavidas de rigidez que se calzó en el transatlántico a los 13 años para cruzar sola el océano, le armó sin darse cuenta una estructura que completó su desequilibrio enzimático. Después mamá, también en la ignorancia, no sólo de ellos, sino también de la medicina, que avanzaba lentamente a la par de la vida de papá, fue el sostén incansable que no lo abandonó a pesar de que muchas veces no le faltaron ganas. Mi papá es la persona más buena, solidaria y divertida que conozco, en sus etapas estables. Otras veces, valiente y fuerte, pelea  con el peor enemigo que uno puede tener, un sujeto agresivo, irreflexivo y egoísta que está dentro de él.

Hace unos años mamá me llamó al celular para decirme que se iba de casa, que ya estaba decidido, “Papá y yo nos vamos a separar, vos no te preocupes que va a estar todo bien, quedate tranquila”. Mi papá estaba con un ataque maníaco y mi vieja con más de 60 años no podía más. En mi trabajo dije que me tenía que ir, que mi papá se había descompensado y que lo estaban llevando al hospital. Las palabras “trastorno”, “psicológico” y “bipolar”, generan muchas preguntas difíciles de responder. La deficiencia cardíaca es una enfermedad menos curiosa, existe un músculo que se llama corazón al cual se llega cortando el pecho con un bisturí, en los trastornos psicológicos el inconsciente no se sabe donde mierda está y el cuchillo generalmente lo usa el paciente.

Esa mañana fui a la oficina de mi viejo, donde según él un empleado lo estaba amenazando con denunciarlo a la policía por estafa. Yo le había pedido hora con el psiquiatra y lo convencí para llevarlo. Siempre lo había acompañado mamá, pero esta vez el tema la había superado, papá se negaba a ir al médico, decía que él estaba bien. Fuimos al psiquiatra en taxi, hacía unos meses que no se animaba a manejar. Papá estaba eufórico y enojado con mamá, “¡la que tiene que ir al psiquiatra es ella!”, y cuando por momentos se daba cuenta lo que pasaba, se agarraba la cabeza con las dos manos y repetía desolado “Esto lo tengo que arreglar, esto lo tengo que arreglar.” Esperé en la puerta del médico hasta que salió. El encuentro con su psiquiatra es un punto de inflexión, el doctor Catelli lo atiende hace 20 años. Por suerte o porque es inteligente o porque mi abuela era jodida, papá registra que a partir de ese momento sólo tiene que obedecer. Después del psiquiatra papá vuelve a su casa con la cabeza gacha y se mete en la cama. Esa tarde, fui a la farmacia a comprar los remedios y se los llevé. Estabilizarse le iba a tomar mínimo diez días. Había que tener paciencia. Esa noche, él mismo llamó a su psicoanalista, el que lo atiende desde los 27, y arregló una entrevista para el día siguiente. Esa noche, en la cama de acolchado con muñequitos que fue mía y ahora usan mis sobrinas, temblé como si tuviera cuarenta grados de fiebre por unos veinte minutos hasta que me dormí. Había hecho mucho calor ese día, seguramente me había insolado.

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