Clonazepam, whisky y los Bowies de este mundo

Texto: M.  Ilustración: @helengreeen

 

Está todo bien con mi familia, mejor de lo que se podría esperar dada las circunstancias, pero mucho no me llevo. No es mala onda, pero cuando cumplí 22 (justo el día de mi cumpleaños) me echaron de casa sin previo aviso, y ese es el punto, entiendo que no es ni mucho antes ni mucho después de la edad que habitualmente hay que irse del nicho paternal, pero no la vi venir y tuve que improvisar pensiones, aferrarme a jornadas laborales eternas y ver cómo las cosas que me iban saliendo me costaban tres veces más o no me salían como esperaba.

Tuve muchas ganas de pudrirla del todo apenas me fui. Me daba por las bolas vivir en una pensión haciéndome pasar por estudiante del interior cuando tenía que bancarme dos trabajos. Para peor, cuando visitaba a mi familia mi viejo me contaba de sus peripecias en la facultad, a la que se había logrado anotar.

Me salvó el entrenador del equipo de básquet en el que jugaba. Me bajó cien cambios. Como cuando quería pasar al ataque y me señalaba con el dedo índice la mitad de cancha -“¡tu cancha termina acá, cuatro!”-, me dijo que era al pedo y que era algo de lo que no se volvía. Que no tenía que sumar ese ítem tan chico. El deporte como respuesta a todo.

Así que con mi familia mantuve una relación distante pero cordial los siguientes diez años. Me bancaron una vez que me separé y no tenía plata para alquilar y yo les devolví el favor con algún viaje e interviniendo como mediador en más de una pelea familiar.
La cuestión es que no hablamos mucho más allá de las veces que nos vemos, cada quince o veinte días o en los cumpleaños. Con mi viejo apenas nos intercambiamos mensajes cuando hay algún partido importante y mi vieja me pregunta cómo estoy por el chat de Skype cuando estoy en el trabajo. No espero llamados de ellos aunque la verdad es que en general trato de no estar muy atento al celular, especialmente los fines de semana.

Ese domingo se ve que me llamaron setenta veces, pero no lo escuché. Yo estaba con mi tablet viendo videos de alguna cosa que el algoritmo de Google sabe que me gusta, cuando me contactó por Skype mi sobrino, que todavía no es ni adolescente. El mensaje fue horrible: “El abuelo tomó muchas pastillas, está en el hospital, dice la abuela que vengas”.

No creo en casi nada sobrenatural, pero tuve algo así como una premonición y en mi cabeza vi lo que sucedería en los próximos días. Me quise meter en la cama, taparme y dormir hasta que todo se hubiera solucionado. Me imaginé médicos, policía, familiares y hospitales, pero por alguna razón no cementerios. Me hice un café con leche con medialunas, quería disfrutar del último momento tranquilo antes de meterme en todo eso.

Como perdí tiempo con el desayuno, ni me cambié y me fui de jogging y buzo al hospital. La situación era peor de lo que me había imaginado. “Papá se tomó un montón de pastillas de clonazepam y lo mezcló con whisky. Le están haciendo un lavado”, me dijo mi hermano cuando me recibió. Pensé en David Bowie, el mito urbano del lavado por la droga y el semen de Jagger. Mi hermano estaba escoltado por un policía; si una persona se quiere suicidar en general el ambulanciero da parte a la cana, y el oficial se tiene que quedar ahí hasta que el médico le diga.

Entré a ver a mi viejo al shock room, un lugar por donde pasan todos los enfermos graves cuando entran al hospital, después los pasan a las terapias correspondientes o algo así. Estaba entre viejos muriéndose por la edad y gente más joven lista para un quirófano de urgencia. Lo habían atado y se quería ir a la mierda. Como si se hubiera dado cuenta que se había mandado una cagada y quisiera decir: “Bueno, era una jodita para Videomatch”. Encima puteaba porque no podía mear; con el lavado y toda la historia, le pusieron una sonda y ya saben cómo es eso, parece que meás, pero no pasa nada. Encima con el quilombo los médicos no lo podían ni ver y el policía me preguntaba el DNI, mi dirección y qué había pasado.

No entendía nada. Mi viejo deliraba o algo así, pero me parecía raro que con la mezcla de clonazepam y alcohol, más lo que le estuvieran dando, no durmiera como una momia. No sé nada de drogas, entendí algo sobre la merca viendo Okupas y sé que la gente toma pastillas en las fiestas electrónicas porque una vez fui a ver a Faithless. Estaba pensando en que mi viejo no se dormía porque tiene mucho peso y en eso un médico me dijo: “No lo pueden dejar solo, tiene que haber un familiar acá”. Si la espera en el pasillo era complicada, ahí dentro era peor. Me puse al lado y advertí enseguida que se quería desatar. Lo dejaba que hiciera un poco y después ajustaba las sogas para que no se fuera. Cuando se avivó, me empezó a decir “traidor” y me llamaba con el nombre de mi sobrino o de mi tío. La noche estaba en pañales.

Salí para organizarme con mi vieja y mi hermana. El hospital no tenía un gabinete psicológico. Me pareció cualquiera, pero estaba aturdido. La obra social no nos daba bola porque era domingo y uno tiene que tratar de suicidarse de lunes a sábados. En ese contexto creí que lo mejor era quedarse. Justo cambiaron el policía de guardia y me volvieron a preguntar el DNI, mi dirección y qué había pasado.

Volví a entrar con la esperanza de que mi viejo estuviera durmiendo, pero me reconoció y empezó a recitar versículos de la Biblia. Mi familia es muy religiosa y por eso más o menos la conozco. Hay un libro al principio, creo que es Números, en el que se listan las genealogías y los versículos dicen algo así como: “De Dan, Ahiezer hijo de Amisadai” y van siguiendo las descendencias de los antiguos judíos. Es mucho menos divertido que la novela de Moisés. Mi papá lo empezó a recitar, pero al final de cada versículo agregaba una frase: “que era puto”. Es decir que quedaba así: “De Dan, Ahiezer hijo de Amisadai, que era puto”. Y cuando terminaba una seguidilla me miraba y me decía: “porque eran todos putos”. Me causa gracia ahora que lo escribo, pero en un shock room a las dos de la mañana, la voz alta de mi viejo y con todo el libro de Números por delante me pregunté por qué no me había ido a vivir a otro país cuando tuve la oportunidad.

Toda la noche fue así. Ni él ni yo dormimos. En el medio un enfermero le salvó la vida porque se le había hecho un globo en la uretra. Era de verdad que no podía mear con la sonda, pero en general nadie la cree a un suicida, salvo los enfermeros cuyo trabajo debiera ser reconocido con salarios gerenciales. Cada seis horas cambiaban al policía y el nuevo me venía a hacer las mismas preguntas. Cuando la estás pasando mal, el protocolo debiera tener alguna que otra arista a tu favor.

A la madrugada siguiente volví para reemplazar a mi hermano y el escenario era peor. Mi viejo seguía sin dormir y ahora le había pintado la onda sexual. Pasaban enfermeras y les mostraba el miembro dormido, sangrado y en una sonda, con su hijo adelante. A mí me explicaba que no la tenía muy grande “porque me hice mucho la paja”, las doctoras no lo podían ni ver y las enfermeras hacían gala de su paciencia sin límites para cambiarlo y mantenerlo en la mejor forma posible.

A la tarde vino una psicóloga de la obra social que resolvió todo en dos minutos: le dijo a mi vieja que seguramente mi viejo fue así toda la vida. ¿Así cómo? Dramático, manipulador, exagerado. La putié por dentro por no haber aparecido veinte años antes. Mi vieja le dio la razón y yo también pero no dije nada. Para peor la profesional se las sabía todas: “Pibe, si hubiese tomado ese Clonazepam con whisky esta charla la estaríamos teniendo en Chacarita”, me dijo y me sentí tonto, enojado y aliviado, todo junto.

En esos días hablé más que nunca con mis amigos por celular. Entre los que se vinieron sin invitación para acompañar, los que se hicieron cargo de mi trabajo y los que me consiguieron alternativas para derivarlo, me sentí mejor. Al final siempre te salvan los vínculos. Uno me habló de una clínica que por suerte trabajaba con la obra social, hicimos los miles de trámites requeridos y vino una ambulancia a llevárselo. Habían pasado dos días y el tratamiento psicológico de mi viejo se reducía a unos veinte minutos con la psicóloga de paso. Cuando llegaron los de la clínica, mi viejo seguía en el shock room porque no había otro lugar. Se lo estaban por llevar cuando apareció una de las médicas a las que mi papá les había mostrado el miembro sangrado por la sonda incontables veces: “Ese señor no se puede ir, no lo puedo dejar por el tema urinal”, dijo.

Mi hermano casi la mata, pero yo no lo podía creer. La médica no se lavaba las manos, no se hacía la boluda y priorizaba la salud de un paciente incluso cuando se tenía que bancar exhibicionismo, a la policía y ahora, a la familia enojada. Me quería sacar la cabeza, no ya el sombrero, para agradecerle.

Mi viejo seguía con el sueño cambiado, pero parecía más lúcido y la doctora me dijo que él no se quiso suicidar en serio. Es muy inteligente y sabe hablar muy bien, tipo el “Ruso” Verea que te cuenta que fue al almacén a comprar doscientos gramos de jamón cocido y un paquete de Oreos y es divertido. Esa noche me contó todas las veces que estando con mi vieja, una mina se lo quiso levantar, y él dijo que no. Una charla que nunca habíamos tenido y que tuvo momentos espesos cuando involucró familiares de mi vieja, pero yo no quise indagar. Como joven-adulto con años de terapia, pensé por dentro que quizá hubiese sido mejor que en algún caso hubiese concretado con otra mina, quizá no estaría tan angustiado o confundido como para hacer como si se suicidara. Sin embargo, me conmovió que, en ese momento, lo único que quería dejar en claro era que la única persona que le interesaba era mi vieja. Me pareció el primer acto honesto en días.

En el medio apareció un cana nuevo, que era más burócrata todavía. No sólo me preguntó el DNI, sino que me lo pidió y se lo quedó, y me pidió que saliera de la habitación. Dijo algo sobre mi foto carnet, un piropo raro onda “Usted está más mejor”, yo pensé en Malena Pichot, pero sobre todo tuve ganas de contarle a mi viejo, así que entré y nos reímos genuinamente juntos por primera vez en mucho tiempo.

La última noche de hospital estuve con él. Todavía en el shock room, se dedicó a cantar los éxitos del Club del Clan toda la noche a pesar la queja de otros pacientes, incluso de un par que pasaron a mejor vida esa misma noche. Luego detalló las diferencias entre las Orquesta Típica y la Orquesta Característica, repasó las canciones de los primeros Wawancó y cerró con las diferencias entre los Shakers y los Mokers. Por lo menos la memoria le seguía funcionando bien. Como él estaba mejor, de a ratos fui asistente del enfermero y entendí que lo que había pasado no era tan grave.

Fue mi hermano la que lo llevó a la clínica. Yo ya no podía faltar al trabajo porque aún hoy son temas que no se pueden contar y no podía sostener “lo de la descompensación” tantos días.

En la clínica mi viejo volvió a ser él, se hizo amigos y ahora la pelea. La lucha es contra la escasez de vínculos que la sociedad moderna propone.

Y en eso estamos.

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