Cuando Pedro vuelva

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El día que Pedro no se pudo levantar de la cama para ir rendir un examen del colegio secundario, Bibiana y Juan Carlos, sus padres, se alarmaron. Su hijo estaba casi ausente, negado, con un ímpetu exagerado, demasiado fuerte si todo lo que quería era no ir a la escuela. Tiempo después dirán que ese día hicieron justo lo que no hay que hacer en una crisis, pero en ese entonces lo ignoraban todo. Solo tenían la sospecha de que a Pedro le sucedía algo mucho más grande que un mero capricho de adolescente. Todavía tendrán que pasar muchos años hasta conocer el diagnóstico: esquizofrenia. Dicen que fue como un rayo que cruzó sus vidas.

Los primeros síntomas aparecieron con claridad cuando la empresa donde trabajaba Juan Carlos decidió trasladarlo a Paraguay y la familia entera tuvo que mudarse hacia allá. Pedro tenía trece años e ingresó a la secundaria. A diferencia de lo que esperaban sus padres, Pedro se adaptó rápido. Aunque tímido, pronto se hizo amigo de los mejores alumnos de la clase. El cambio de vida parecía marchar bien para todos.

Entonces empezó a sentirse molesto. Por momentos se quejaba de que sus compañeros se burlaban de él o de que lo acechaban. También solía pedirles a sus padres que hablaran más bajo porque alguien podría escucharlos. Él mismo hablaba por lo bajo. Bibiana y Juan Carlos fueron comprensivos: había pasado un año del traslado, pero el cambio había sido muy fuerte. Incluso su forma de vida se había modificado. De pronto vivían en una casa enorme, con personal que los atendía, que los rodeaba, que ahora también formaban parte de su intimidad.

Todavía hoy, si lo piensan por un momento, Juan Carlos y Bibiana preferirían volver atrás y tomar otras decisiones. Una de ellas, están seguros, hubiera sido no mudarse desde Buenos Aires a Paraguay cuando sus hijos Pedro y Paula eran apenas unos niños. Esa mudanza, dicen, significó un estrés muy fuerte para toda la familia. Pero saben que es solo una fantasía. Un pensamiento que se les escapa, pero que aprendieron a dominar. No hay culpas ni culpables en la esquizofrenia.

***

La escena podría definirse como la peor despedida. O la de un padre que abandona a su hijo en un lugar que no conoce. Eso fue lo que sintió Juan Carlos el día que internaron a Pedro. Apenas tenía 17 años cuando atravesó la puerta espejada de ingreso a la institución. Atrás quedaron Juan Carlos y Bibiana, destrozados, desesperados, la culpa que acecha. Abrazados, lloraron.

Durante días enteros tuvieron prohibido tener contacto alguno con él. Solo podían verlo a través de una cámara, acaso para desalentar los fantasmas sobre las internaciones psiquiátricas, que buena parte de las veces, son más reales que imaginarios. Ninguno de los dos está de acuerdo con alejar así de su familia a una persona con un trastorno mental.

El aislamiento duró una semana, la más larga de sus existencias. Luego vendrían cuatro meses intensos, interminables, de internación. Fue allí donde finalmente escucharon el diagnóstico.

—Nosotros somos defensores a rajatabla del diagnóstico, a la familia o al grupo de convivencia como mínimo, pero la mayoría de la veces no te lo dan, te niegan la información a la que todo paciente tiene derecho —dice Juan Carlos.

—Si vos tenés derecho a saber en todas las otras enfermedades, ¿por qué en esta no? —agrega Bibiana —Dicen que es por el estigma, que vos lo etiquetás. Pensá que esta enfermedad aparece en la adolescencia o en la primera juventud. En ese entonces yo lloraba y pensaba que debería estar ayudándolo a buscar universidades, pero no, en vez de eso yo estaba buscando a dónde internar a mi hijo. Entonces aunque vos creas que no, aunque creas que entendés esa cosa rara que está empezando a aparecer y que no conocés, algo le decís, por ahí pensás que es un vago, lo etiquetás también. Y si no sos vos, son los hermanos, son los vecinos. Entonces, mejor, partamos de la verdad.

***

 

—Él se siente un ET. Es un chico demasiado lindo y educado para esta sociedad —les dijo entonces la terapeuta.

Sentados en un consultorio ante la mirada amable de la psicopedagoga, por un momento eso que aparecía como inabarcable, inentendible, inasible, pretendía ser explicado con una referencia a un personaje de una película de Steven Spielberg.

Y al final del camino, la única calma: el retorno.

Entonces llegó abril y los chicos empezaron las clases, tarde, en la primera escuela que encontraron con vacante en Buenos Aires. Me cargan, me molestan. Tengo algo adentro, son como bichos, los tengo abajo de la piel. Las quejas de Pedro habían regresado.

—¿Vieron cómo lloraba? Él sí se dio cuenta de lo que a mí me pasa — fue lo primero que dijo Pedro apenas salieron de la consulta de admisión terapéutica que Juan Carlos y Bibiana decidieron hacer.

Pero por supuesto que el médico no lloraba.

—Nosotros nos desesperábamos para contradecir las cosas que él afirmaba y que eran delirantes. Nos desvivíamos para explicarle bien, lo mirábamos a los ojos, lo abrazábamos. Hacíamos todo lo que no hay que hacer.  “¿No ves que es mentira?”, es todo lo que querés decirle enseguida. Nunca vas a ver una mirada más triste ni tan profunda que la de una persona que está padeciendo el principio de brote. Nosotros mismos no podíamos mirarla sin poder parar de llorar—dice Juan Carlos.

Pedro tenía 17 años cuando no supo más cómo levantarse de la cama y durante tres días apenas comió y bebió. Entonces vino la internación.

***

Fue en APEF, la Asociación Argentina de Ayuda a la Persona que Padece Esquizofrenia y su Familia, donde por fin encontraron algo de esa contención que siempre quedaba sin respuesta en los consultorios psiquiátricos. Encuentros de familiares donde por fin se hablaba tanto y con paciencia, de lo que nadie, afuera, hablaba.

Con el tiempo aprenderían que a una persona con principio de brote no hay que mirarla a los ojos, no hay que hablarle rápido, no hay que usar frases largas, no hay que tocarlo. Hay que dejarlo pasar si quiere correr dentro de lo que sea seguro, bajar la luz, bajar la música si es que hay mucho ruido, hacer que la gente salga. Con el tiempo, también aprenderían que en la esquizofrenia no hay culpables.

Con el tiempo, ellos mismos se convertirían en organizadores de esas reuniones que les cambiaron la vida.

—Lo importante es que reconocimos lo síntomas —dice Juan Carlos. En seguida nos pusimos en campaña para buscar explicaciones. Si hay algo de lo que la población es ignorante en un altísimo porcentaje, es sobre la salud mental. Es algo que todavía se oculta. Las familias todavía te dicen: “tiene un problema de nervios, pero bueno, ya está mejor”. Por ahí tienen un diagnóstico grande como una casa, pero nunca te lo van a decir porque está el estigma y la discriminación. Y eso es una realidad. Lo que hicimos fue ponernos en campaña férrea para buscar respuestas. No solo con psiquiatras, muchos, y medicación. También fuimos a ver un sacerdote, a una bruja, a una parapsicóloga.

***

Juan Carlos y Bibiana dicen que eran tantos, y tan terribles, los efectos adversos posibles de la última medicación que les asignaron —clozapina— que cuando accedieron al tratamiento temieron estar sentenciando a su hijo a la pena de muerte. Pero medicaciones anteriores ya les habían mostrado cambios.

Juan Carlos dice que al día siguiente, como todos los días, fue a ver a Pedro a la clínica de internación y tuvo que irse a llorar aparte de la emoción que tenía cuando vio que en vez que de gruñirle y mirarlo con bronca, como todos los días, Pedro le dijo: “Hola, pa”.

—Me lo devolvieron —dijo entonces Juan Carlos.

—Pedro volvió, Pedro apareció —dijo entonces Paula.

 

***

Juan Carlos y Bibiana se miran y dicen que al final de cuentas de lo que se trata es de no sufrir a cuenta, de vivir cada día, de esperar la felicidad. Y eso, Pedro pudo decirlo.

Hoy tiene 38 años, vive solo, trabaja con Juan Carlos, tiene amigos, muchos, y a sus padres les dijo alguna vez que era feliz. 

 

Foto: Gustavo Belemmi en Unsplash.

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