El dolor insoportable

Por Rita Pesquera.

Hace un año empecé a escribir este texto y justamente no lo terminé porque estaba doliendo. Hoy, lo pude terminar. A lo largo de nuestras vidas, muchos seres queridxs, incluso nosotrxs, pasamos por momentos de pérdidas significativas: muertes, separaciones, trabajos, etc. Estas situaciones nos producen dolor y conllevan duelos. Entender, aceptar, que la vida ya no es la que era y acostumbrarse a la nueva realidad que nos toca, duele.

Nos enseñan que tenemos que ser optimistas, positivxs, que las cosas pasan por y para algo pero no nos enseñan a encontrar la resiliencia al dolor, no nos enseñan que a veces las cosas se ponen feas, negras, oscuras e insoportables, y que no hay píldora mágica para curar eso que sentimos. No nos enseñan que hay que atravesar ese dolor, aguantarse el vacío, aguantarse esos pensamientos malignos, aguantarse el malestar, el desgano, el llanto, la debilidad, y que todo eso es parte del proceso. Como no nos enseñan a soportar el dolor propio, porque es negativo, aburrido y deprimente, menos nos enseñan a acompañar a aquellos seres queridxs que pasan por un dolor semejante.

Ya de por sí es peyorativo el verbo “doler”, porque el dolor es feo, es malo, no nos gusta, nos hace mal. ¿Existe algún ser vivo en la tierra que no haya sentido dolor alguna vez? Y no hablo del dolor físico solamente, sino del dolor emocional, de ese dolor que se ubica entre las costillas y la garganta que se vuelve físico con el paso de los días. Pero amigxs, el dolor no se puede evitar. Alguna vez en la vida nos caímos, nos lastimamos, nos separamos, se nos murió alguien que amamos.

Hace unos meses, a raíz de situaciones propias y muy cercanas de duelo, empecé a ver lo difícil que es empatizar con el dolor. Obviamente que nadie hace nada con maldad, sino más bien por incapacidad, impedimento, inmadurez emocional. Empecé a percibir lo difícil que nos resulta convivir con el dolor propio y más aún el ajeno. Es como si le temiéramos al dolor. Como que quisiéramos que no exista, que pase rápido. Como el monstruo del placard: si me tapo con la almohada no está y si no lo miro, se va. Queremos que nos duerman y nos despierten cuando estemos mejor, cuando todo ya haya pasado. Y eso es imposible. Estamos doliendo constantemente y tenemos que aprender a llevar adelante el dolor propio y el ajeno. No estoy haciendo apología al dolor ni a los duelos, ojalá nunca nadie sintiera dolor semejante. Pero como sucede, tenemos que hacer algo para que sea más liviano. Aprender a manejar nuestra incapacidad frente al otro que está doliendo y percibí algunas cosas:


• Cada unx hace su duelo a su tiempo, no se puede acelerar el ritmo de un duelo ajeno.
• No hay maneras “correctas” de hacer un duelo. Cada cual lo hace como puede.
• No son exageradas las reacciones o actitudes de alguien que está doliendo, como no son exageradas las expresiones de alegría cuando alguien está feliz.
• Alejarse del/la que está doliendo no ayuda a que el dolor le pase más rápido o que el dolor deje de existir, al contrario.
• Que las personas lloremos, estemos tristes, angustiadxs, deprimidxs, es parte de la vida. Estar con alguien en ese estado NO es contagioso. 
• Evitar hablar “del tema” no lo hace menos doloroso, sino más bien extraño. Es como no querer ver “el elefante en la habitación”.
• Invitar al/a la que está doliendo a una fiesta o a tomar alcohol no va a cambiar las cosas ni hacer que pueda olvidarlas..
• Podemos hacer un montón de cosas con y para el/la que está doliendo: escuchar, tener paciencia, entender, comprender, ofrecernos incondicionalmente tanto física como emocionalmente, abrazar muy fuerte, compartir, conversar, esperar, estar ahí. 
• Podemos equivocarnos y que nos rechacen, y no va a pasar nada, porque lo habremos hecho desde el amor. Podemos simplemente preguntarle qué necesita para que ese dolor se alivie, aunque sea un poco y con eso va a estar bien.
• Creo que estamos inmersxs en una sociedad en la que llorar está mal, doler está mal, pedir ayuda está mal, y… ¡amigxs! No existe la vida íntegramente feliz y alegre. 
• Tenemos que aprender a ser más compasivos entre nosotros y entender que todxs dolemos y doleremos alguna vez y que es lindo saber que existe un colchoncito en donde poder descansar. Que no hace falta encerrarse en soledad 6 meses hasta estar mejor.
• Que vamos a estar mucho mejor y mucho más rápido cuando aprendamos a compartir el dolor y entender que es parte de la vida.
• Deseo para los años que vengan que aprendamos a dejar de ser indiferentes frente al dolor y las emociones, a llevar nuestros duelos con más dignidad, más amor y más abrazos.

Ilustración de Benjamin Flouw.

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