Los artificios de Adela

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A Elena toda la vida le gustó el arte. Estudió Bellas Artes en La Plata y después escenografía. Sabe muchísimo de literatura, arte, arquitectura. Para su hermana Adela, Elena es una persona brillante, culta. En la época de los pantalones pata de elefante y de las botas, también militaba con su novio.

Salían hacía seis años ya. Las familias se conocían bastante, todo marchaba bien. Los dos eran de Avellaneda, fueron juntos al colegio y estudiaban en La Plata hacía un tiempo. “Esto de la militancia se estaba complicando porque mi papá ya no quería que ella tuviera actividad política”. Entonces algunas veces la pareja de Adela la iba a buscar a reuniones para que su padre no se entere.

Fue en ese año, en 1976, que Elena empezó a actuar distinto. Tenía 22 años. Una de las primeras cosas que les pareció raro a todos fue que no quería seguir más con su novio. Tenía rechazo hacia él. Su hermana sintió que Elena se cerró. Después conoció a otro chico con el que estaba entusiasmada, pero no quiso seguir con él porque era de otra religión y sentía que tanto él como su familia no la terminaban de aceptar.
En la Universidad Católica Argentina (UCA) estudió solo dos años. Durante ese tiempo siguieron apareciendo síntomas, hasta que de repente se apagó. Se pasaba todo el día sentada, vestida de negro y a oscuras en el living de su casa. Algunas veces su familia la encontraba dentro de la bañera en posición fetal.

Adela ya estaba casada y vivía con su marido a media cuadra de la casa familiar. Acababa de tener a su primer hijo. Vivía en un mundo feliz. Elena vivía con su madre, su padre y su abuela. De golpe todo cambió.

Todo se volvió muy, muy difícil. Fueron los seis años más difíciles. Adela repite la palabra muy y cada vez hace durar más la letra u. El diagnóstico se lo dieron a los padres. Era esquizofrenia. Para ellos fue terrible, pero fueron adaptándose a su nueva realidad. Con el tiempo, se separaron.

Desde entonces, a Elena la trataron cuatro médicos distintos. Era una época en la que no se hablaba en ningún lado de salud mental. Adela sentía la falta de información. Dice que ahora, cuarenta años después, es distinto pero que en ese entonces los propios psiquiatras alimentaban esa cerrazón.

“Pasé un montón de procesos, pero te vas acostumbrando. Por suerte no tengo otra enfermedad en la familia”, dice Adela. “Al principio te desespera, no sabés para dónde agarrar, qué hacer”.

A los pocos años, Adela decidió empezar a acompañar a su hermana a los médicos. Sus hijos iban creciendo y, con mucho apoyo de su marido, fue aceitando la logística familiar para poder estar presente y tener un rol activo en la vida de su hermana.

Uno de los médicos que trató a Elena quiso hacerle electroshock porque veía que no mejoraba, pero en su casa ninguno estaba de acuerdo. Adela, que estaba con Elena ese día, se puso seria y le dijo al médico “mire, yo tengo que consultar con mi papá, pero por mi parte le digo desde ya que no”. Al poco tiempo cambiaron de profesional. Era un señor bastante mayor, bastante conservador pero que la trató muy bien. La levantó mucho. Pero luego el señor se enfermó y la derivó a su actual médico, “un médico de esos nuevos que le dan otra tónica a las cosas” y la trata desde hace casi 10 años y sobre el cual Adela se deshace en elogios. Al anterior lo llama por el apellido, a este lo llama por su nombre.

Elena es consciente de que tiene una enfermedad. Por momentos se pone a pensar. Alguna vez le ha dicho a su hermana o a su médico que se le hacía muy largo el tratamiento y sentía que no avanzaba. Adela la apoya, la alienta a seguir. Por suerte a Elena nunca la internaron. No tiene un perfil agresivo.

Lo que sí, es agresiva consigo misma. Por ejemplo, hay una reunión y ella se entusiasma pensando qué se va a poner, pero después, cuando llega el día, se termina vistiendo demasiado bien o de un negro absoluto. Y cuando llega no participa en ninguna charla. Se queda afuera, mira. Desaparece de la escena. Lo positivo es que en su entorno la conocen desde muy joven y, como dice Adela, “saben lo que era”. Todos la invitan. Pero no tiene sus propias amistades y depende un poco de su hermana.

***

Elena vive con su mamá. Durante un tiempo fue a un taller de pintura. Pintó unos cuadros hermosos que nunca intentó vender. Hace unos años que no hace ningún curso y casi nunca quiere salir de su casa. Ahora la ayuda una psicóloga que hace de apoyo terapéutico y le busca actividades para que haga. El objetivo es que salga al mundo.

Con Adela es distinto, con ella quiere ir a todos lados. “Pero yo tengo mi… No es que puedo estar todo el día con ella”, dice como justificándose mientras se traga la palabra vida. De a poco Elena fue sufriendo el colapso de sus vínculos. Tenía muchos amigos y amigas de toda la vida. A su amiga más querida también la dejó de lado. Ella le había dado a su hijo como ahijado pero por más que Adela trata de hacerle acordar de que lo salude para su cumpleaños y se ocupe, Elena no puede hacerlo. “No tiene amigas, ¿entendés? Ni que la llamen ni nada”, cuenta Adela.

Este año una amiga de Adela hizo un cumpleaños. Era un té de mujeres y la llamó a Elena para invitarla. Pero Elena no pudo disfrutar la situación, tuvo que volverse invisible. “Cuando llegó se sentó al lado mío, fue toda vestida de negro y no habló una palabra. Es muy amable y tiene muy buena conversación, pero no habla, observa todo. Después le preguntaba qué habló una con otro y sabía absolutamente todo. Observa”.

***

En este momento el aspecto problemático es el cuidado y el arreglo personal. “Elena, cambiate que va a venir Martín”, le dice Adela para motivarla. Martín, su sobrino mayor, llega y le dice “¿Qué hacés así? ¿Por qué tenés el pelo así?”, como un padre a una hija. Entonces ella apurada trata de acondicionarse, se peina, se acomoda la ropa, se perfuma. Sus dos sobrinos crecieron con su tía y saben cómo tratarla.

“Hay momentos en que es terrible”, cuenta Adela, entre preocupada y tentada. “Yo creo que agarra lo peor y se lo pone. El otro día llegué y me desesperé”.. Elena se había puesto una pollera de su mamá que le quedaba muy ridícula y había ido al supermercado a comprar.

Otra cosa que le pasa es que llama muchas veces a Adela. Le pregunta dónde está, qué está haciendo. Le pide que le avise a dónde va. El médico le dice riéndose que mire el lado positivo, que Elena vive pendiente de Adela. “Sí, pero yo necesitaría otra cosa a mi edad”, dice ella.

Elena manejaba también, pero hace poco que no la ven capacitada. Adela le administra sus remedios, su economía y sus actividades. Se preocupa por su estado de salud. La lleva al médico con la excusa de que es ella la que va a hacer una consulta. La lleva a la peluquería cuando ella también va.

Afortunadamente, además de las amigas de Adela y su madre, sus hijos, su marido, el psiquiatra y los vecinos también la cuidan. “Elena anda cruzando la calle distraída”, le dijo una vez el carnicero.

***

“Es lo que hay. Te tenés que hacer cargo. Con lo que hay tenés que solucionar y lograr un mejor nivel de vida para todos porque si ella está mal, yo me voy a mi casa mal. Entonces hay que equilibrar las cosas. Por suerte tengo un marido que hay veces que nos acompaña porque claro, la conoce desde los 14 años a mi hermana, entonces tiene mucha paciencia”, cuenta.

A Adela le da tristeza verla así a su hermana, piensa que podría haber tenido su familia. Hace diez años que Adela se hizo cargo de toda la situación. Su madre empezó a tener más dificultades para ocuparse y los hijos de Adela ya no la necesitaban tanto. Hoy ya tiene 84 años. Hace poco Elena preguntó qué vamos a hacer con la casa el día que ella ya no esté. Es una casa muy grande. Hoy ya no tiene sentido conservarla. “Elena me dice que tiene mucho miedo a la noche. Y yo le digo que no se va a quedar sola”, dice pensando en el futuro.

A veces es difícil sobrellevar el mecanismo. Un domingo cualquiera se juntaron a comer en familia y terminaron almorzando a las tres y media de la tarde. Elena estaba muy enojada por lo tarde que era, pero Adela ya les había anticipado que iban a almorzar cerca de esa hora porque sabía que esa mañana había carreras de auto. “También tengo que respetar a mi marido, a él le gusta ver las carreras de auto a la mañana y terminan alrededor de la una. Trabaja toda la semana y no se lo puedo negar”, dice. “Ella estaba enojada. Es muy difícil congeniar todo. Más que yo estoy en el medio de dos generaciones, estamos por un lado con hijos y nietos y por el otro, mi hermana”.

La situación es difícil pero Adela la encara convencida. Dice que es una persona creyente pero no practicante. “Es muy compleja la vida. Depende de cómo se lo tome cada uno. Eso va en la personalidad de cada uno. Yo me siento bien así”. Cuando cuenta su historia se le nota el esfuerzo que implica tener presente los deseos de todos en la familia.
Adela contrató a una persona que va a la casa de su hermana por algunas horas y las ayuda en todo. “Ella me da el parte de cómo están las cosas en la cotidianeidad”, cuenta. “Si me hubiera tocado ahora, de golpe, sería complicadísimo, pero yo me mentalicé. Es lo que hay, no la puedo dejar abandonada”.

***

En el comienzo, cuando no había nada de información, a Adela la ayudó mucho su pediatra, que la atendía desde los 5 años. Le dio mucha información con una crudeza que recuerda hasta hoy. “Lo de tu hermana es así. Y cuanto más se vengan los años, va a ser peor”, lanzó. “Estate preparada. Tenés que prepararte. Acostumbrarte. Vas a ir avanzando con la enfermedad”.

Dentro de la desesperación, Adela agradece que algunas cosas funcionaron bien. De chicos, sus hijos iban en micro al colegio y a la vuelta iban a la casa donde vive Elena. Crecieron con ella y están acostumbrados. Ahora están casados y tienen hijos y siguen ayudando a su manera a conectar a Adela con el mundo. Por otra parte, Adela dice que están rodeados de gente “educada”, que no discrimina.
Solo una vez tuvo que actuar ante un episodio donde se sintió muy incómoda. Estaban comiendo afuera y una persona miró todo el almuerzo a su hermana con cara de desaprobación. Adela no aguantó más. Se le acercó.
—¿A vos el cáncer te da miedo? —Le dijo
— Sí, es terrible.

—¿Y por qué con un enfermo mental ponés esa cara de asco? Es una enfermedad y hay que ayudarla. Ayudás a una persona que no tiene un pie, que no tiene un brazo. Es así.

Adela no le cuenta a todo el mundo que su hermana padece esquizofrenia. Sin embargo, ella percibe que las personas necesarias se fueron dando cuenta. “Yo tengo cuatro amigas, que son más o menos de la misma tónica que yo”, dice. “Y a veces no hay que preguntar todo en la vida. Vos te tenés que ir dando cuenta. No sos ni mejor ni peor amiga por eso. Te vas dando cuenta y esperás que te lo cuenten. A una de mis mejores amigas la conocí cuando tenía 18 años. Ella jamás me preguntó nada y se fue acostumbrando también”.

—Qué paciencia tenés. —le dice siempre una amiga a Adela amiga de Elena.
—¿Y qué hago? ¿La dejo tirada y me siento una mierda como persona? Porque sos una mierda. Salvo que seas muy limbo.

“Es muy difícil”, dice dos veces. “Pero si vos logras equilibrar las cosas la vida después te va dando. Gracias a dios tengo hijos sanos, nietos sanos. Y bueno, vas compensando. Ella se vuelve re loca por los cuatro sobrinos-nietos. ¿Entendés? Y bueno, lo tenés que llevar. No hay otra cosa”, cierra como un mago que revela su truco.

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