No hay nadie en el placard

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A Gloria la empezaba a inquietar que su hijo Juan Manuel estudiara en voz alta. Más que estudiar, hablaba sin parar cada vez que agarraba sus apuntes de la carrera de periodismo deportivo. Al poco tiempo de empezar la facultad también empezó a trabajar. Se había conseguido solo ese trabajo en Adrogué. Estaba contento. El entusiasmo lo llevaba de un tirón al diario donde escribía notas de hockey masculino y bochas. Estudiaba, trabajaba, iba y venía. Gloria y Antonio quisieron pensar que esa verborragia que a veces les resultaba tan extraña era solo una costumbre de su hijo, algo que ya se le iba a pasar.

“Pasó un poco el tiempo hasta que un día Juan Manuel llegó a casa en un estado muy raro. Se le había metido una idea en el cerebro como que había un compañero de estudio que no sé si lo cargaba o le decía cosas”, cuenta hoy Gloria. Juan Manuel y su hermano Gonzalo siempre fueron serios en los estudios, nunca tuvieron amonestaciones, ni en el primario, ni en el secundario. Nunca llamaron a sus padres ni siquiera por conducta. Jamás. Gloria le dijo que no se preocupe por el compañero. Sin embargo, después de eso Juan Manuel empezó a ser un poco agresivo.

“Nunca lo habíamos visto así. Llegamos a pensar que había tomado alguna droga o algo. Entonces decidimos llamar a un médico de la Prepaga para que venga a verlo”, relata Gloria. Esa misma tarde, el primer psiquiatra que vieron determinó luego de una entrevista, que no había sido ninguna droga: era esquizofrenia. “Nunca nos imaginamos que podía ser esa enfermedad. Con mi marido nos preguntábamos qué podría haberlo causado. Por qué”.

***

—Mamá. Está Andrés Rocuzzi en el placard.

—¿Qué decís hijo?

—Andrés Rocuzzi, de la facultad. Andrés Rocuzzi.

—¿Ves que no? Acá no hay nadie.

Gloria y Antonio no se imaginaban el camino que faltaba. Juan Manuel no mejoraba. Rompía cosas, vidrios, les dio algunas cachetadas, no quería tomar los remedios. Hasta quiso romper la televisión. Gloria cuenta que la primera persona que pudo darles un consejo fue el gerente del trabajo de su marido.

“Él tenía una hija que con el mismo problema que Juan Manuel, o algo parecido. No sé bien. Creo que inclusive se había querido suicidar. Él nos recomendó que nos entrevistáramos con un nuevo doctor, dijo que era muy buen profesional”.

***

—Me quieren drogar. Voy a tirar todo esto a la mierda porque vos y ese doctor me quieren drogar.

—No tires los remedios Juan Manuel, son muy caros, por favor.

—Ustedes me quieren drogar.

Fueron a ver al nuevo médico y llevaron toda toda la medicación que Juan Manuel tomaba. En la consulta el médico les manifestó que era fundamental “reinsertarlo en la sociedad”. Pero no era fácil. Juan Manuel ya no estudiaba y muchas veces le tomaba idea a la gente. Todo había cambiado y sus padres no entendían bien qué era eso de reinsertar ni mucho menos cómo hacerlo.

El nuevo psiquiatra también les dijo que si bien la medicación que Juan Manuel tomaba era buena, él creía que no le estaba haciendo el efecto deseado, sino el opuesto. La consulta con este especialista era, sin embargo, muy costosa y aunque incluso les recomendó otro un poco más accesible, durante un tiempo continuaron con el que Juan Manuel se atendía desde el comienzo. “A veces me arrepiento de no haberle hecho caso antes a ese nuevo psiquiatra”.

La esquizofrenia es una enfermedad sin tradición, todos los relatos son iniciáticos. Cada experiencia empieza desde cero. Incertidumbre, culpa, agotamiento. Ante otras situaciones críticas las comunidades elaboran referentes, hay un saber compartido, los medios tratan de explicar qué hacer. En el caso de los trastornos mentales las cosas suceden siempre por primera vez. Los consejeros y confidentes tardan en llegar. Puede ser porque contarlo supone desnudar parte de la intimidad.

***

—¿Qué hacemos? ¿Lo ves mejor?
—No sé

Gloria y Antonio se repetían el uno al otro la misma pregunta y siempre la misma respuesta, sin saber qué hacer. La psiquiatra que veían de pronto decidió dejar la práctica de la medicina y no tuvieron más opción que volver a la búsqueda. Tenían el nombre del psiquiatra que les habían recomendado, pero primero decidieron consultar con otro que preparaba él mismo medicación que combinaba diferentes drogas. Claro, todos coincidían en la enfermedad, pero nadie en el tratamiento.

La nueva medicación dejaba a Juan Manuel rígido como un playmobil. Él trataba de caminar pero le salía correr. Para sus padres era muy duro verlo. Entonces sus padres decidieron que no podía seguir así y finalmente llamaron al psiquiatra que les habían recomendado, pero nunca habían consultado.

Cuando el que hoy es su actual médico vio lo que tomaba Juan Manuel se quiso morir. Les dijo que primero iba a ajustar los remedios y después se iba a ocupar de él. Otra vez empezaba la búsqueda para dar en la tecla a la medicación. Sacando un poco, probando con distintas dosis, otras drogas, con mucho tiempo y cuidado.

***

Gloria no adjetiva al contar su historia. Es leve. Describe. Gloria es paciente. Una mujer de pelo por los hombros que toma un té en espaciados sorbos. En ella nada es grandilocuente. No hay exceso de drama en el proceso de descubrimiento del trastorno, ni se celebra la soñada instancia de lograr una estabilidad.

“La verdad es que nos preocupábamos mucho cuando se ponía agresivo. Una mañana me acuerdo que estábamos acostados y él se levantó de golpe. Al principio, fue hace mucho. Empezamos a sentir ruidos, pateaba algo”, cuenta monocorde. Una tarde se la agarró con las puertas de vidrio. El último episodio fuerte que tuvo Juan Manuel fue una de las primeras veces que fueron a ver a su actual psiquiatra, hace ya tiempo. Llegaron y antes de entrar empujó a Gloria muy fuerte. Casi la tira al piso. “Ahí aprendimos que cuando a mi hijo le agarra un episodio es mejor esperar, no ponernos ansiosos para darle la medicación porque no la va a tomar”, dice Gloria.

Desde que comenzó a tomar la nueva medicación, Juan Manuel no tuvo más episodios bruscos. Puede tener alguno, pero leve. “El doctor me dice que yo lo conozco bien, que si creo que él se va a poner nervioso no le tengo que dar los medicamentos. Esas cosas me sirven para decidir y pensar”, explica Gloria. La medicación le cambió la vida, pero tiene un riesgo muy alto de bajar el conteo de glóbulos blancos. Durante casi dos años, Gloria y Antonio acompañaron todas las semanas a Juan Manuel a hacer una extracción de sangre. Fueron más de casi 90 veces a hacer el mismo análisis.

***

—Gloria, el doctor me comentó que sería buena idea que Juan Manuel empiece a trabajar.

—¿A trabajar? ¿Cómo vamos a conseguirle un trabajo? No va a poder. No sé, la verdad no sé.

Juan Manuel tenía entonces cerca de 24 años. El psiquiatra sabía que no iba a ser fácil así que les ofreció a Gloria y su marido, hablar con las personas que fueran necesarias y explicarles la situación. Tener esa posibilidad fue una herramienta muy importante porque muchas veces la gente tiene una idea equivocada de lo que es la esquizofrenia.
“A nosotros nos daba un poco de miedo. Yo dudé, pero pensaba que era muy importante hacer estas cosas para que Gonzalo, su hermano, no tuviera que cargar con él cuando ya no estemos o no podamos ayudarlo más. Qué va a ser de él cuando yo no esté. Cuando mi marido no esté”, piensa Gloria en voz alta.

Después de buscar bastante, lograron que Juan Manuel entre a trabajar en las oficinas de trenes de Retiro. En la empresa saben que tiene esquizofrenia. Costó un poco hacerlo entrar, el sueldo era muy bajo, pero también son pocas horas .

Al principio Gloria lo acompañaba todos los días. Iban en el subterráneo. Más adelante empezó a ir solamente a buscarlo, hasta que empezó a ir solo.

Cada tanto, un amigo de la familia lo acompaña a trabajar, o al médico, o lo lleva a pasear. “Jorge es muy conocido nuestro, trabajó muchos años con mi Antonio y se lleva muy bien con Juan Manuel”. Sin embargo, fue una de esas veces, al principio del tratamiento, que Jorge se ligó un bife de Juan Manuel. Él estaba medio nervioso y le dio una cachetada”, recuerda Gloria. Ese tipo de cosas nunca más volvieron a pasar desde que empezó la nueva medicación y no tuvo más episodios.

Con el tiempo, Juan Manuel se fue haciendo más independiente, hasta el día de hoy que va y viene solo en colectivo. “A él no le gusta viajar en subterráneo, le tomó idea o algo. Pero con el colectivo 132 va a todos lados, haya cortes de calles o esté una hora parado dentro del colectivo. Cuando viene medio tarde, su padre llama a la empresa y siempre alguien le avisa si ya salió o no”, explica.

“La persona que no lo sabe no se da cuenta que él tiene esa enfermedad, porque él habla bien de todos los temas, lee, mira la televisión. Ahora, por ejemplo, está con lo de la Copa América. Le encanta hablar de política, está al tanto de las noticias, de las elecciones. Él siempre siempre fue a votar. Inclusive cuando estaba mal nosotros lo llevábamos a votar”, cuenta Gloria.

Lo importante es que él está bien. Trabaja, viaja, lleva su billetera con dinero. Toma a media tarde un comprimido para el colesterol. Se va a la confitería de Retiro, pide una Sprite y un sánguche de miga y se toma el remedio para el colesterol. “Le dije que ahora que es invierno no tome tanto frío, que tome algo caliente”, lo cuida Gloria.

Aunque haya cosas que sus padres no le quieran decir, porque quizás se pone a pensar y se queda con eso por días, el psiquiatra les dijo que no hay que ocultarle nada. Entonces ellos lo analizan en cada caso. “Por ejemplo, si fallece alguien de la familia nosotros pensamos bien cuándo decirle, pero le decimos, porque si después pregunta por esa persona ya no es momento de contarle lo que pasó”, cuenta Gloria. Eso lo aprendieron con la experiencia. Hace algunos años falleció una persona que trabajaba en la empresa donde trabajan Juan Manuel y su papá. Era fin de semana y su padre se enteró. No sabían si decirle o no.,pero al final no se lo dijeron. El lunes siguiente cuando Juan Manuel fue a trabajar se enteró. Y no le cayó bien. Gloria todavía se acuerda que apenas llegó a su casa abrió la puerta y lo primero que hizo fue preguntar por qué no le habían contado. No le agarró un episodio ni nada, pero no le cayó bien. “Le dije a mi marido que no haga eso nunca más. Más si es una persona cercana. Fue un error, pero se aprende. Aparte él pesca todo”, dice.

***

—¿Cómo te fue hoy?

—Bien. Me encontré con Raúl, está re caliente porque perdió Ferro.

—Te escuché hablando con él. Tenés que dejarlo un poco tranquilo, es un señor mayor.

—A él le gusta hablar conmigo.

Raúl es un vecino. Juan Manuel tiene por costumbre ir a visitarlo. Le golpea la persiana, el hombre se asoma y hablan de fútbol. Hasta que dejó de manejar, a veces también lo llamaba a él y le pedía que lo acompañara a tal o cual lugar. Iban juntos en el auto, se hacían compañía.

Juan Manuel ha entrado muy pocas veces a la casa de Raúl. Una vez el señor no podía encontrar unos anteojos y entonces él entró para ayudarlo y los encontró. “Yo le digo que lo ayude, pero que no entre porque a Raúl le han pasado algunas cosas con familiares. No sea cosa que falte algo y piensen mal de nosotros”, cuenta Gloria. “Nosotros a veces le decimos que no le golpee la ventana, si tiene las persianas bajas le digo que trate de no ir tanto y si las ve altas sí. Además, Juan Manuel tiene por costumbre hablar fuerte. Yo le digo que hable bajo, pero el hombre es un poco sordo”, dice con una sonrisa ínfima. Juan Manuel trata.

Lo que sus padres no quieren es que se acuerde de algo y lo hable en voz alta porque la gente lo mira, se da vuelta. Cuando se van de vacaciones, por ejemplo, él dice “me voy a dormir un poco”. Y va hablando solo y la gente lo escucha, lo mira. O quizás llega a su casa y dice: “cuando entro, me baño y después voy a saludar a Raúl”. No es que a sus padres les moleste, pero es como que quieren sacarle un poco esa costumbre. “Y nosotros no se la vamos a sacar”, sabe Gloria.

***

—José, ¿no me traés pata y muslo, una de cada una de El Progreso? Te doy $80, vos fijate.

—Perfecto Enrique. También paso a saludar a Marcelo a la farmacia y me peso. Voy a pasar a saludar a Marcelo a la farmacia, me peso y compro pata y muslo. Farmacia, Marcelo y pata y muslo.

A la vuelta de su casa, enfrente del departamento de Raúl, hay una casa de artículos de limpieza. José es muy amigo del dueño y está acostumbrado a ir los fines de semana y feriados cuando no trabaja. Él va y le hace los mandados. Parece un chico. A veces tarda y Gloria se preocupa. Entonces se tranquiliza pensando que seguro Enrique lo mandó a hacer un mandado y se queda más tranquila. Cuando vuelve les cuenta por donde anduvo. “También cuando va a la farmacia aprovecha y se pesa, porque está pesando como 80 kilos. Uno no se da cuenta porque es alto, pero sí. Le pide al custodio que lo ayude y se pesa. Si a mí me hace falta algo, el pan por ejemplo, él va. Se maneja”, comenta Gloria.

***

Gloria se enteró hace varios años del diagnóstico. “No. Lógico que alegrarnos, no nos alegró. Nos enteramos todos juntos. En ese momento nos preocupamos mucho porque no sabíamos si era un caso para internar. Pensábamos que quizá sí y, la verdad, no éramos de la idea de internarlo”, recuerda. En ese momento se dijeron que iban a tratar todo. A Juan Manuel nunca le faltaron remedios así le hicieran bien o no. Cuando cambiaron la medicación y el psiquiatra dio en la tecla empezaron a ver una mejoría. “Ahí nos quedamos más tranquilos”, dice como si todo fuera muy sencillo.

A Juan Manuel le gusta mucho viajar. Siempre viaja con su familia. Fueron en avión a Cataratas y le encantó. “No lo dejamos en casa. Nosotros somos más temerosos que él del avión. Fuimos a Bariloche, a Mendoza, a Córdoba. A esos lugares fuimos en auto pero él cada tanto nos pregunta: ‘¿Cuándo vamos a volver a viajar en avión?’. No tiene problema, a él le encanta volar”.

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