No quiero que te mueras joven

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De un día para el otro, Jorge Marconi se hizo defensor de caballos contra el cuatrerismo. Agarraba su bicicleta y se metía en los campos de las afueras de La Plata para rescatarlos. Cómo pensaba hacerlo, nadie sabe. Y no fueron los cuatreros sino los mismos dueños de una estancias quienes lo amenazaron con matarlo si se volvía a meter en su propiedad. De un día para el otro, también, se volvió vegano a rajatabla y apenas comía. Otro, decidió que sería peronista y de no haber mantenido con nadie una discusión sobre política, de pronto se había obsesionado. O por ahí su hermana Laura le avisaba que lo iba a visitar con su marido y él los recibía en bolas, dando saltos, en pleno invierno. “Desborde”, es la palabra que más usa su hermana cada vez que se acuerda de esas historias.

Fue a los catorce más o menos cuando empezaron a notar algo de ese desborde. Tenía actitudes violentas, rebeldes. En ese entonces, Laura y Jorge vivían con su mamá y sus otros dos hermanos, Belisario y Noelia, en Tres Arroyos. De repente se lo encontraban a Jorge tratando de entrar a una casa del barrio porque él pensaba que ahí había una fiesta. O por ahí, como en el pueblo todos aprendían a manejar desde los doce, él agarraba el auto y se iba y no aparecía más. Una vez lo corrieron a los tiros hasta que logró refugiarse en su casa, porque en el boliche intentó defender a un amigo al que estaban discriminando por su color de piel.

“Jorge se ponía incontrolable, pero era lo único que tenía, después era un pibe que el colegio era diez y no tenía problemas de atención, al contrario, era sobresaliente, siempre fue así pero emocionalmente estaba desequilibrado y nosotros no entendíamos”, dice Laura con algo de angustia.

Pasó el tiempo y ella se fue a vivir a La Plata para estudiar Derecho. Su hermano Jorge todavía estaba en el secundario y cada tanto iba a visitarla. Hasta que una noche llegó raro, excitado, después de desaparecer por horas y horas. Había tomado y fumado marihuana, pero no parecía estar solamente borracho. Laura le revisó la mochila; estaba llena de medicamentos que, intuyó, se los había robado a su tío pediatra, que todavía lo seguía atendiendo.

Fue entonces cuando Jorge tuvo la mala suerte de que sus padres decidieran internarlo en una clínica de rehabilitación de adicciones. Estuvo seis meses aislado.

***

La infancia de los cuatro hermanos Marconi no fue fácil. Eran unos niños cuando desde la ventana del auto que su madre conducía para llevarlos desde el centro hasta su casa, en el medio del campo, veían a su padre pasar por al lado caminando en algún momento del trayecto. Él se bajaba del colectivo y andaba a pie el largo camino porque su madre se negaba a llevarlo.

Los padres se separaron cuando Laura tenía cinco años y aún no existía el divorcio en la Argentina. Ellos quedaron con su mamá, que cada tanto los levantaba a los cuatro en la mitad de la noche, los subía al coche, y en un arranque de celos, salía a perseguir a su exmarido hasta el amanecer. Laura todavía se acuerda que ella le decía que su papá, consignatario de hacienda, en vez de vender animales, traficaba mujeres. O que era homosexual. Laura piensa que crecer así hizo que sus hermanos más grandes, Noelia y Belisario, se fueran a vivir a España apenas pudieron. Noelia, la mayor, jamás volvería a pisar el país y eso a Laura le da enojo. “¿Sabés la cantidad de veces que le dijimos que Jorge la necesita?”, dice.

La internación de Jorge no los encontró en un momento mejor. Eran los noventas y a los conflictos familiares se sumaban los económicos. El padre de los chicos había presentado la quiebra. Laura estudiaba en La Plata como podía, porque aunque trabajaba, apenas le alcanzaba para cubrir sus gastos, pero además le costaba encontrar momentos para concentrarse y estudiar. Finalmente, abandonaría la carrera durante varios años hasta poder recibirse.

***

Jorge pasó un año y medio de su vida internado por drogas cuando en realidad su diagnóstico era esquizofrenia. Pero eso es algo que recién se enterarían varios años después. Apenas salió, rindió dos años libre de la secundaria para recuperar el tiempo perdido. Daba una materia detrás de la otra, lleno de energía.

Egresó con su hermano Belisario y se fue con él a vivir a La Plata. Siempre fue brillante y autodidacta, y enseguida empezó a estudiar Letras. Su desborde, sin embargo, lo condujo a una obsesión infinita. Cada texto que leía se le hacía carne, tenía que comprenderlo hasta su última esencia, hasta el punto de que a veces hasta empezaba a hablar, como podía, en el idioma original del autor. Si era alemán, se ponía a estudiar alemán y de hecho pretendía que sus hermanos hablaron con él en alemán. De repente mandaba mails a toda la familia con reflexiones incomprensibles sobre lo que estudiaba y le preocupaba, pero si estar dirigido a nadie en particular. Es el día de hoy, más de veinte años después, que sigue estudiando porque nunca siente que sabe todo perfecto como para presentarse a los exámenes.

“Para Belisario era muy difícil, una tortura”, recuerda Laura. “Belisario es súper trabajador, cumplidor, se deja la ropa preparada a la noche. Toda la vida fue así y vivir con Jorge, que era un desborde constante, era muy complicado. Jorge allá no tenía control de nada”, agrega. Jorge vivía en su mundo, al que solo a veces era posible acceder. Por ahí en el medio de una conversación, dejaba sencillamente de escuchar y empezaba a hablar de cualquier cosa, como si hablara solo, o con otra persona distinta, sin parar. O le agarraban arranques violentos.

Laura, que en ese entonces había abandonado su carrera, se había ido a vivir a Bahía Blanca y como trabajaba con un sueldo más decente, quiso ocuparse de que sus hermanos tuvieran lo que ella no había podido tener. “Les preparé el departamento, les compré los colchones, los acolchados, la sábanas, les mandaba guita, trataba de que ellos tuvieran una situación acomodada para estudiar”, recuerda.

Entonces llegó la crisis del 2001. Belisario juntó lo que tenía y decidió irse a vivir a España, como ya había hecho su otra hermana. Pero se fue angustiado, recuerda hoy Laura, pensando que su hermano se iba a matar, que no estaba en condiciones de estar solo.

Jorge se quedó y vendió todos los muebles que su hermana también le había regalado. “Siempre fue así. Le volví a comprar los muebles y volvió a venderlos”.

—¡A vos lo que te pasa es que sos una materialista y querés controlar todo, querés controlar mi vida! —le reprochaba él y Laura se moría de bronca.
Una vez ella intentó regalarle un viaje. “A donde vos quieras”, le dijo. Pero la respuesta fue la misma. “¿Qué más quisiera yo que alguna vez alguien me dijera una cosa así?”, dice ella.

Con todo, entre su personalidad obsesiva y extremista, Jorge logrará aprobar suficientes materias como para convertirse en profesor y comenzar a dar clases de Lengua en un secundario que está en el medio del campo. Desde entonces se dedica a eso y con lo que gana se mantiene él mismo. Ama enseñar y piensa en sus alumnos con esa pasión a todo o nada con la que hace y piensa todo en la vida. No falta a una clase ni aunque tenga fiebre o esté doblado de dolor porque todo el deseo que lo mueve es salvar al otro de las injusticias de este mundo. Más de una vez estuvo a punto de que lo echaran porque se peleaba con los directivos para defender a los estudiantes. En esa época fue que se hizo peronista y llenó su casa de retratos de Evita. Laura piensa que es gracias a ese trabajo que Jorge tiene un ancla a tierra. Es lo que lo ordena. Su motivación y también, su independencia.

“Jorge es una persona generosa, saber que alguien lo necesita, como los chicos en el colegio, a él le da impulso para levantarse y eso de que sea autodidacta y siempre quiera perfeccionarse aunque su mundo material se venga abajo, su intelecto, su conocimiento, no es más que la razón de que él hoy esté bien y no se ponga en riesgo”.

***

Cuando Jorge quedó solo en La Plata, los episodios continuaron y Laura pensó que era hora de que Jorge viese a un psiquiatra. Su propia psicóloga ya le había advertido posibles diagnósticos y le recomendó profesionales. Le pidió a su papá que viniera e intentaron llevarlo a una consulta.

—Jorge, tenés que tomar medicación, necesitás volver a tener una vida ordenada, sos un pibe capaz, pero hay algo que no está bien. Tenés que hacer un tratamiento porque si no estás poniendo tu vida en peligro —le dijo el psiquiatra. Por esas épocas fue que Jorge se convirtió en luchador contra el cuatrerismo.

Jorge salió de ahí a las puteadas, que yo hago lo que quiero mi vida, que déjenme de joder. Nunca iba a aceptar que tenía un trastorno mental. Menos iba a dejar que lo obligaran a tratarse. Sus padres decían que bueno, que ya se le iba a pasar solo y Laura se brotaba de furia. “No veía que hicieran nada para ayudarlo”, dice y la mirada se endurece.

Sin embargo, como mucho de lo que hacía Jorge, de un día para el otro decidió que algo de razón debían tener y accedió a ir, pero esta vez por su propia voluntad. Así que a la psicóloga sumó durante un tiempo a un psiquiatra.

Le dieron medicación, pero apenas la tomó unos meses. Decía que no le hacía bien porque sentía que no era él, que no podía hacer las cosas que quería hacer, así que decidió no tomarla más pero continuar con el tratamiento psicológico.

***

Era el principio de la primavera de 2011, pero en Tres Arroyos todavía hacía mucho frío. Sobre todo esa noche en que Jorge, Laura y su novio viajaron juntos al cumpleaños de quince de una prima de la familia. Nadie sabe por qué, pero en el medio de la fiesta Jorge se tiró con ropa y todo a la pileta. “Debe haber hecho unos ocho o cinco grados, la pileta con agua podrida, él perdió los anteojos, los documentos y fue el único que se tiró, no es que los amigos de mi primita de quince se tiraron a la pileta, él se desbordó emocionalmente”, dice Laura y la tristeza vuelve cuando se acuerda de los peores episodios.

En el camino de vuelta, Jorge se enojó con su hermana e intentó pegarle. Fue Nahuel, por entonces su novio, quién pudo frenarlo esa vez, pero Jorge igual lo dejó con toda la camisa rota. Hacía muy poco de eso, también, cuando a la salida de la psicóloga que veía desde que se fue a vivir a La Plata, Jorge rompió una vidriera y la policía tuvo que intervenir.

La angustia de Laura, en tanto, crecía. Faltaban pocos meses para su casamiento y no sabía si invitar a su hermano o no. “Lamentablemente, no vino porque yo tenía miedo de que me cague la fiesta y fui egoísta y no lo invité, pero me duele”.

Es el día de hoy que no le cuenta a cualquiera que su hermano padece esquizofrenia. “No puedo caer en una reunión con mis amigas y mi hermano. No es que me dé vergüenza, pero entiendo que lo pueden llegar a mirar mal. No me pone cómoda no poder. Y quizás no es que lo esconda pero no realizó actividades sociales con mi hermano para que no quede expuesto a una situación que no la va a entender mucha gente”, explica.

Después de la seguidilla de brotes de Jorge, su mamá se lo llevó con ella un tiempo. “Pero nada más, no hicimos nada más, nadie de mi familia, yo tampoco, nadie activó una cuestión ni médica ni judicial. Pero después entendí que no era yo la que tenía que hacerlo, que mis viejos estaban, por suerte, y que son ellos los que tenían que hacerse cargo. Ahí mis viejos activaron más y empezaron a venir más seguido”, dice. Aún así, es el día que hoy que su padre repite siempre lo mismo:

—Jorge es así, solo hay que acostumbrarse a eso.

***

Hace algunos años, Laura quedó embarazada, pero tuvo complicaciones y dio a luz a una nena prematura que falleció poco tiempo después. Fue la situación más difícil que Laura tuvo que atravesar en su vida. El dolor, innombrable.

De todas las personas que intentaron acompañar a Laura, la que más cerca estuvo, la que más hizo sentir su amor y contención, fue Jorge. “Él apareció en mi primera internación y desde ahí él no se despegó. Fue Jorge, de toda la familia, el que yo pude sentir más cerca”.

Laura tiene miedo de que un día suene el teléfono y le digan que a Jorge le pasó algo. “Mi temor más grande es que a Jorge lo mate la policía por meterse en un corral, por defender lo indefendible. Tengo miedo de que se muera joven. Es lo que siempre le reproché a mi viejo. Cuidémoslo, yo no quiero que se muera joven”.

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