Sé que voy a volver a brillar

Texto por Elise | Ilustración por Maggie Cole.

No juzgues mis heridas

si nada sabés del dolor

que las causan.

 

Me encontré con una foto de mi infancia o preadolescencia temprana. Me voló la cabeza. No es que no la haya visto antes, ni que no me haya encontrado con imágenes de esa época que me hayan chocado. Pero, ¿viste cuando por algún motivo ves algo que ya conocías pero esa vez se te da vuelta el mundo? Como cuando te das cuenta de que una persona te encanta pero no te habías percatado, o no te animabas a sentirlo, o qué sé yo. Así me golpeó esa imagen. Ay! Si pudiera volver atrás y hablarme a mí misma. Si pudiera interceder para amigarme conmigo en el pasado, o mejor, para evitar que me enemistasen con mi imagen. Si pudiera pedirme paciencia, exigirme mirarme, mimarme, acompañarme.

Capaz la maternidad me hizo mirar esas fotos de otro modo. Me pido no abandonarla a ella como lo hice conmigo. Ayudarla a quererse, a buscarse, a encontrarse y no avergonzarse de lo que vea, sienta, piense. Que se atreva a ser ella misma y bancarse, y yo bancármela y, si no, que me mande bien a la mierda. Que todo eso sea desde el amor propio, cuidándose y respetándose, creyendo en sí misma, sin que nadie ponga en duda su percepción, pero guiándola si hace falta.

Vuelvo a la imagen. Pienso también en la historia previa a esa nena grande. En episodios en los que me llegué a lastimar a conciencia pero sin saber por qué lo estaba haciendo. ¿Qué emociones impulsaban esos actos? Actos que se grabaron en mi memoria y que en mi alrededor minimizaron y, sin embargo, eran solo anuncio de lo que seguía. Por un tiempo escondieron de mí eso que yo sentía. Y digo escondieron porque tan chiquita era que difícilmente yo lo entendía.

En la imagen se ve una nena al lado de sus amigas y su hermana. Una nena que no parecía nena pero tampoco una chica grande. Que era enorme al lado del resto. Gigante. Una cabeza más alta, dos cuerpos más ancha (quizá un poco menos, pero bastantes kilos más). Una nena que escuchó que le dijeran “gorda” miles de veces. Que creció desproporcionadamente rápido respecto a sus pares. Que superaba en talla a sus hermanos más grandes. Una nena que no tenía la culpa de su percentil de crecimiento, de sus genes, de no entender ese cuerpo con un desarrollo que parecía descarriado. Niña que escondió estrías desde los nueve años usando short para entrar a las piletas. Que ocultó los vellos de sus brazos usando manga larga en pleno verano. Habitante de un cuerpo que le quedaba enorme a la sociedad, diminuto a sus sueños. Cuerpo que entre contradicciones siguió creciendo, hasta que quiso encajar y se desconfiguró de lleno.

Esa nena sensible, callada, fuerte, inteligente, que alimentaba en secreto pasiones que, junto a su cuerpo, dejaría languidecer en otros tiempos, no sabía cómo hacer con todo eso y se fue perdiendo. Si en una época no supe manejar su fuerza, por las dudas, me hice débil hasta ser tan frágil que casi ni podía sostenerlo.

***

Cuando te ves tan desproporcionada respecto al resto te preguntás tantas cosas. Ante todo: “¿cómo me verán?”. Qué loco que la misma duda sea la que no te deja ver que, en realidad, no te ven tan rara. Que quizá hasta algún chico le gustás. Pero no tenía ese amor propio que me permitiera animarme, o pensar siquiera que podía gustar, que me veían como a una más, quizá.

De chica mis referentes eran mis dos hermanos mayores. Los admiraba, quería que me aceptaran. Aunque me destaqué en los deportes, al lado de mis hermanxs yo parecía de corpachón torpe y tosco, insuficiente para alcanzar su destreza y asemejarme a ellxs y sus cuerpos esbeltos y fibrosos. Al mismo tiempo mi sensibilidad afloraba y entonces era una cosa extraña. Parece simple, pero para mí era como querer ser bailarina clásica y fisicoculturista al mismo tiempo. Jugaba juegos de chicos, ganaba pulseadas, carreras, y me escondía a escribir poesía, inventar melodías, dejar traslucir sentimientos y emociones que archivaba para quién sabe qué día. Cuerpo coraza me hacía.

Fui creciendo y las contradicciones internas crecían junto al aluvión hormonal. El deseo que poco a poco afloraba, la sensación que parecía idiota e imposible de poder llegar a ser deseada. Si siempre me dijeron que era gorda, dientona, si incluso me impidieron de algún modo acceder al deseo (a ser deseante y deseada), cómo podía pensar en algo así? No. No con ese cuerpo.

Me llueven recuerdos y sensaciones. Se esfuman las palabras. ¿Cómo me explico ese proceso en el que, poco a poco, me quise transformar en nada? ¿Cómo explico que casi llegué a lograrlo y que por momentos, para volver a estar viva, a sentir, o para darle entidad a un dolor incomprensible, me quemaba o cortaba? ¿Cómo hacer entender que a este cuerpo el dolor lo marcó y lastimó pero también le permitió sentir que todavía vibraba?

***

Con los años llegaron las crisis. Cumplí quince en esa transición de niña a mujer que hacía años afloraba por ese crecimiento atolondrado. Puse todas mis energías en una meta incierta, hasta llegar a perder todas todas las fuerzas y las ganas por no saber qué hacer en este mundo que tanto demanda. Me hice amiga de la enfermedad. La abracé fuerte. Lo demás ya no importaba. Todo era pérdida y por un momento, para mí, cuanto más perdía, más ganaba. Era fuerte y constante en mi meta de ser cada vez más liviana. Me enorgullecía cada gramo menos, cada día en que la lista de alimentos se achicaba, cada caloría quemada. Por unos meses ni me dí cuenta si estaba hiriendo a alguien con mis actos y palabras. Fui dura, hostil. Fueron diez, veinte, treinta kilos y amistades que abandoné por no saber tratarlas. Pienso hoy que tal vez me sumergí en mi cuerpo porque no sabía cómo andar en otras aguas, entre la gente. Nunca entendí qué rol ocupaba. Porque, como dije antes, me enseñaron que no podía desear ni ser deseada.

Una internación, mucho amor circundante que afloraba, mucha garra, un tratamiento ambulatorio, medicación, terapias, amistades nuevas, viejas pero renovadas. Abandoné los estudios para retomarlos una vez medianamente recuperada. Escuela nueva, gente nueva, nueva rutina, y unas ganas de vida que de a poco me ayudan a volver a andar en manada. Pese a subidas y bajadas, a explosiones repentinas, a humores raros, todo parecía normalizarse; creo.

Terminé la secundaria sin pena ni gloria y empecé a indagar en las relaciones. De a poco me permití empezar a sentir. Abracé amores imposibles y desamores tangibles. Entregué nada sintiendo que daba todo. También di todo a cambio de nada. A tientas. Ciega de enamoramientos intensos, me lastimaba. Tal vez ese corazón cumplió la función de la piel, doliendo ante esa sensación de vacío para saberse vivo. Amaba de forma torpe, tímida, sin creer que se podía, sin saber bien qué es lo que hacía. Amaba de forma torpe pero intensamente, siempre.

Así, a los porrazos, fui aprendiendo a abrirme y no esperar salir ilesa. A poner mis cartas sobre la mesa y que sea lo que sea. A disfrutar tanto las victorias como las derrotas del amor. A construir cada pedazo de mi ser en la experiencia. Hasta amarme, amar y dejar que me amen. Hasta exponer lo más oscuro de mí y ser aceptada así. Hasta encontrarle y aceptar sus sombras también, aprendiendo a construir el día a día, a compartir y crear vida.

***

Más crisis. Ya adulta es más difícil esconderme. Encontrarse tan de frente con las propias zonas oscuras, los miedos, los fantasmas, las sensaciones que afloran cuando unx no las llama puede ser desgarrador. Demoledor hasta sentir que por dentro fragua la sangre y se te retuerce el universo. De algún modo siento a veces que la anorexia fue mucho más simple. Quizá porque casi logro el plan de modo inconsciente, o porque había plan. Pero una vez que ya entendés qué pasa, la lucha está librada y no existe la tregua. Cuando se es consciente de la autodestrucción y el deseo de vida todavía tiene fuerza entonces no podés descansar. ¿Y quién banca esa lucha? ¿Cómo hacés entender que la única manera de hacer tangible el dolor del alma es pasarlo al cuerpo? ¿Cómo explicás que no querés matarte, que necesitás perder la consciencia por un tiempo? ¿Cómo hacés ver que se te escapa la vida de las manos y perdés el aliento? Que no son llamados de atención sino gritos desesperados de quien ya no tiene voz.

La segunda crisis fuerte llegó exactamente 15 años después de la primera (reconocida al menos). El sentido de realidad me abandonaba. Perdí el rumbo y me bloqueé por completo. Así, realmente, no quería la vida. Estar sin estar presente en las reuniones, abrumada por estímulos incomprensibles, conteniendo una energía abrumadora, caótica.

Agradezco las manos que me tomaron y guiaron en ese momento. Fue necesario, otra vez, hacer una pausa. Una pequeña licencia que casi le cuesta a otrxs su reputación en el trabajo. Ya adulta y responsable, un año sabático era impensable, pero seguir así insostenible. Debí frenar unas semanas y hacerme fuerte nuevamente.  

Si bien me fui recuperando creo que recién logré salir del todo después de dos años. Es que justo después de estabilizarme enfrenté lo que hasta el momento fue la más dura despedida y desilusiones de las personas a las que más quería y más necesitaba en ese momento. Otra vez me tocó sentirme como la incomprendida. La loca, la que hace las cosas por impulso. La que al opinar y decir lo que siente desentona y es juzgada. A la que, cuando estoy mal, siento que juegan a querer pero le tiran basura por la espalda. El blanco fácil para la crítica. Tal vez todo eso lo merecía. Tal vez vuelva a pasar una y otra vez, quizá yo entienda algún día que a la única que le tengo que pedir aprobación es a mí misma. Que soy la única que me acompaña realmente en este viaje, porque sólo yo entiendo hasta dónde llega mi dolor cuando me abraza y hasta dónde puedo desbordar de alegrías. Puede resultar exagerado desde afuera. Puede parecer absurdo que un simple comentario o accionar a veces me duela tanto. Fui entendiendo que quizá nunca llegue a ser del todo comprendida entonces espero menos de lxs demás y entiendo, aunque me duela, que muchas veces no es fácil acompañarme.

Con los años son más leves las recaídas y más extensos los períodos estables. Debo reconocer que a veces se extrañan algunas sensaciones, pero ahora en el equilibrio creo que voy buscando nuevas formas de sentir, de vibrar y aunque a veces me siento opaca, sé que voy a volver a brillar.

***

Hace poco más de dos años mi cuerpo se transformó de una manera que pensé que mi mente jamás toleraría. Ella, sin saberlo, me enseñó a cuidarme para cuidarla, a amarme para amarla, para enseñarle a amarse. Ella, cuyo amor me obliga a llegar a límites inimaginados de agotamiento, que pone a prueba mi paciencia y me demuestra que el corazón no tiene fronteras, que se expande, que todo ser es capaz de albergar más de lo que imagina, más de lo que parece posible en esta vida.

Se transformó la idea de este escrito como se va metamorfoseando con los años el cuerpo. Como se va moldeando por la historia, por las emociones, las relaciones, las vivencias, el agua, el sol, el amor, por el aire, por el mismo espejo y el ojo ajeno. Se va a seguir transformando, reconfigurando, como vos y yo también cambiamos todo el tiempo mientras haya vida.

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