Si me necesitás, llamame

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La noche del casamiento de su hermano, Mercedes se puso un vestido que le parecía hermoso y se pintó las uñas. Se peinó, sonrió ante el espejo y festejó como nunca. Bailó toda la noche. Dice que fue el día más feliz de su vida, aunque apenas minutos después la mirada, detrás de unos anteojos que cuelgan de un lazo de mostacillas, sigue iluminada. Cuando se enteró que iba a ser tía, dice, ese también fue un día lleno de felicidad.

A Mercedes le hace bien festejar. Tiene 41 años y cada logro que conquista en la vida lo celebra lo más que puede y si hay personas que no le caen bien, esas son las que no la acompañan en esa celebración. Hace poco bajó 33 de los 90 kilos que tenía y se siente más saludable. También dejó de fumar. Pero hay uno, sobre todo, que le cambió la vida por completo y fue aprender a controlar las voces que todavía hoy escucha. “Yo me doy cuenta que no están. En realidad están, pero no están, porque dicen que no existen. Pero existen para mí. Para ustedes no”, explica ella.

Mercedes tenía dieciséis años cuando empezó a tener delirios místicos, brotes de la esquizofrenia que después le diagnosticarán. En ese entonces estaba obsesionada por su peso y tomaba pastillas que le hacían mal. También iba mucho a la Iglesia y empezó a sentir que le hablaban. “Yo no entendía nada, no sabía lo que era. Los delirios son terribles porque asustan”, dice como si acaso alguien pudiera no sentir miedo si de repente empieza a escuchar voces que además, nadie más oye.

Para los 18 años, la encerraron durante seis meses en una clínica psiquiátrica que odiaba. “Era una tortura, estaba sola, fuera de casa”, dice. Por suerte, su papá y mamá, las personas que más quiere en el mundo, la iban a ver todos los días. De aquella época se llevó el diagnóstico y una nueva vida acompañada por psiquiatras y acompañantes terapéuticos, y medicación. “La medicación es muy importante para mí. Donde mejor me siento es con mi psiquiatra y mi acompañante”.

Conoció a la Asociación argentina de ayuda a la persona que padece esquizofrenia y su familia (APEF) algunos años después de salir de la internación y fue otro giro en su vida. Allí hace talleres de cocina, literatura y pintura. “Te ayudan si necesitás un mimo, si necesitás un consejo te dan un consejo, un abrazo de vez en cuando”. Ella es igual: cada vez que siente que alguien lo necesita, se le acerca, escucha y le regala un abrazo.

Mercedes dice que la gente se asusta cuando ve a una persona con esquizofrenia. O que suelen decir: “Pobrecito, no piensa” o “No se puede hablar con vos porque no se puede razonar”. “Es terrible”, dice ella con una voz dulce, delicada, pero enojada. Aún así no pierde el temple, siempre sonríe, conversa sin parar, simpática y llena de confianza.

Una vez una dentista no la quiso atender sin la presencia de su madre. A Mercedes no le pareció bien, pero está acostumbrada. También quiso tomar clases de yoga y antes de empezar avisó que tenía esquizofrenia, porque ella es así, lo cuenta sin problemas, y le respondieron que entonces no iba a poder asistir. Le dolió, pero sobre todo porque le había costado mucho convencerse de hacer actividad física. “Yo no hice nada para que me tengan miedo y me hicieron salir llorando”. La siguiente vez que se anotó en un gimnasio no dijo nada. Y la dentista, al final, después de la consulta le dijo que había sido su mejor paciente.

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Christian tenía siete u ocho años cuando empezó a sentir que algo le pasaba. Le iba mal en el colegio, se peleaba con todos, se sentía deprimido. Pero no fue hasta los quince que la madre lo llevó a ver una psiquiatra que le dijo que tenía un trastorno límite de la personalidad conocido como borderline. “Ella me sacó del pozo en el que estaba”, dice ahora. Su padre, en tanto, no creía ni que los psicólogos ni que los psiquiatras sirvieran para algo, y en la casa jamás se hablaba de los problemas del adolescente. No eran sus padres verdaderos, aunque de eso jamás se hablaba tampoco. Christian tiene el pelo enrulado y una sonrisa tímida. Es parco y habla poco. Escucha con el cuerpo pero la mirada la dirige hacia abajo.

Cuando tuvo edad suficiente le arreglaron un casamiento con una mujer del barrio y tuvo dos hijos, uno a los 25 y otro a los 27. Desde el comienzo se llevaron terrible. “Yo era violento, no estaba medicado”, explica ahora. Con sus hijos la cosa no fue mejor y es el día de hoy que apenas los ve. Sólo se comunica con ellos por mensajes de celular. Con su mujer se habían puesto un videoclub y un kiosco, pero para fines de los noventa tenían más pérdidas que ingresos y tuvieron que cerrar. Poco tiempo después llegó la crisis de 2001 y se separaron. Él tenía treinta años y un brote violento, dice, lo dejó en internación por quince días.

Nunca se volvió a casar y vive solo. Recién hace unos años encontró un psiquiatra que le dijo que padecía esquizofrenia y le dio medicación. Desde entonces dice que se siente mucho mejor. Cada mañana se levanta a las siete y se va al gimnasio, que no le gustaba nada hasta que se dio cuenta que le hacía bien. Por las tardes hace talleres de cocina, artesanías y literatura. La persona que más quiere es su hermana. “Me cuesta, a veces me llevo mejor, otras peor, pero ella me ordena, me organiza la plata, todo”.

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La escena bien podría haber sido parte de la telenovela argentina Locas de amor, en las que tres mujeres son elegidas por su psiquiatra para dejar la internación y empezar a vivir juntas y solas en un departamento. Solo que esta vez los protagonistas son hombres. La referencia es de la ficción porque casi no existen experiencias así.

Nahuel no tenía dónde quedarse cuando en APEF le dijeron que iba a poder vivir junto con otra persona -hoy su amigo- en un departamento que funcionaba como casa de medio camino en Boulogne. Era una iniciativa que se había desprendido del Hospital Cabred, en Open Door. El día que se mudó fue el más feliz de su vida.

Hacía poco que se había enterado que tenía esquizofrenia. Después de la muerte de su padre, en 2006, había empezado a tener alucinaciones. De pronto se sentía solo y con culpa por lo que le pasaba y lo fueron derivando de un hospital a otro hasta que terminó en un centro de salud en San Justo. No entendía qué le pasaba: “Mi hermano me decía ‘terminá con esa depresión que tenés’ y yo no sabía cómo retrucarle”. No tenía trabajo, pero intentaba salir adelante como podía. Le dieron medicamentos, pero no tenía cómo comprarlos. “Eso me ponía peor”, dice.

Hasta que un día vio un afiche en la cartelera del centro de salud, que hablaba de las reuniones de APEF. Fue solo y se presentó, al revés de lo que sucede allí generalmente, donde son los familiares de personas con este trastorno las que primero se acercan en busca de contención e información. “Cambié de no hacer nada, a trabajar, y la primera vez me acuerdo que cobré cinco pesos”, cuenta con una sonrisa gigante. Al poco tiempo, también, tenía un hogar y amigos: Miguel, el primero en mudarse, y más tarde, Alejandro. Entre ellos se escuchan y se aconsejan. “Al menos no soy el único chiflado”, se ríe de sí mismo.

Hoy tiene 32 años y lo que más le gusta en la vida es estudiar. “Nunca paré. Hice curso de huerta, venta, cocina, carpintería, ahora estoy haciendo computación. Me gusta aprender cosas nuevas”. Cree que sobre lo que más falta avanzar es sobre la discriminación en el trabajo. “No podés decir que tenés esquizofrenia, pero tampoco podés no decirlo, porque te tienen que dejar cumplir con tu tratamiento. Yo quiero trabajar, pero eso hace las cosas muy difíciles”.

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La primera noche de la internación, a Patricio le dieron una pastilla para que tomara. Estaba envuelta dentro de lo que parecía una hostia. Él la agarró, miró por la ventana llena de barrotes y pensó: “Es la píldora de la muerte”. Pero aunque le dio un miedo terrible, se la tomó. “Y bueno, será hoy”, se dijo. Al día siguiente se despertó, estaba vivo. “Ahora me río, pero en ese momento, ¿sabés lo que es pensar que se acabó todo?”. Durante esos meses la pasó mal. “Es complicado, porque hay que vivir con gente que no conocés, con distintos problemas, me costó”, explica con sinceridad y detalle, como si a alguien pudiera no sufrir al vivir en una clínica psiquiátrica.

Pedro siempre se sintió diferente al resto de las personas. No escuchaba voces, pero se imaginaba cosas que no existían, tenía delirios místicos. Una vez estaba en su casa y su papá le dijo que se acercara al balcón porque había sol, pero él pensó que la luz era un dios que se lo quería llevar o una bomba atómica que los iba a matar a todos o el fin del mundo. Puede reírse de eso con la soltura de los que se reconocen humanos en el mundo y se ríen de sí mismos si por caso, se caen en medio de la calle.

Los primeros episodios fueron cuando tenía cerca de catorce años, pero recién años después les dijeron que padecía esquizofrenia. El diagnóstico le permitió recibir la medicación que necesitaba. “Al principio no la quería tomar, pero después me di cuenta de que era lo único que me mantenía encaminado”. Hoy tiene 38 años, vive solo, se junta con sus amigos casi todos los fines de semana, trabaja en la empresa de su papá, aunque le gustaría buscar algo que le dé más felicidad, algo nuevo, con la mirada puesta en que siempre se puede más. “¡Si saben de algo, me avisan!”, dice por si acaso. También cuida a su sobrina y lo que más disfruta en la vida es irse de vacaciones. Y si está medio raro o de mal humor, sus amigos le hacen la típica broma que acá aplica en serio también: “¿No te habrás olvidado de tomar la pastillita?”.

Sus amigos de toda la vida saben y comprenden su trastorno, pero tampoco es que Patricio anda por la vida contando que tiene esquizofrenia, pero como nadie anda contando cualquier cosa de su vida con cualquiera que se cruza por ahí. Si le preguntan, él lo cuenta. Sin embargo, Patricio dice que todavía se siente mucha discriminación y tabú ante la salud mental. “Si la gente ve a alguien distinto en la calle, cruza. Se asusta. No ayuda que en el noticiero digan ‘Un esquizofrénico mató a tres personas’ porque, ¿qué tiene que ver ser esquizofrénico con eso? La gente se asusta porque no hay información”.

Patricio tiene una vida muy activa, pero igual dice que los miedos nunca se van. Que es una lucha de todos los días. Que desde que se sintió diferente por primera vez, también sintió mucha culpa porque le pasara eso, y que eso cuesta que se vaya. “Hago una vida más o menos normal, pero igual la esquizofrenia es algo de lo que no te curás, te empezás como a acostumbrar si lo sabés llevar de a poco, pero es bastante duro, es día a día”, dice.

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Todos -Mercedes, Nahuel, Christian y Patricio dicen que si se cruzaran con una persona con el mismo problema le dirían que busque alguien en quien confíen y le cuenten qué sienten, que vayan a ver a un psiquiatra, que tomen la medicación, que siempre, cuanto antes, mejor.

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