Todo lo que no se puede decir, se hace

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Silvia lloró a mares y gritó sin parar apenas recibió el diagnóstico de su hijo Lucio. No hizo falta que nadie le explicara nada. Se estaba por recibir de acompañante terapéutica y sabía todo lo que significaba la palabra esquizofrenia. El segundo de los tres hijos que había tenido con Omar, tenía entonces veinte años. “A pesar de mi dolor tuvimos que afrontar todo. Fue muy difícil porque Lucio tenía arranques feos y a mí particularmente me hacían muy mal”, dice hoy.

No era la primera vez que recibían una noticia devastadora sobre la salud de Lucio, pero hasta ahora habían podido contra todo. Pero sabían que con este trastorno no sería igual.

Lucio tenía apenas tres años cuando les dijeron que tenía un retraso madurativo. Entonces pusieron a su alcance toda una red de contención con psicopedagogos y fonoaudiólogos. En primer grado salió abanderado. “Pensamos que el esfuerzo no había sido en vano. No nos imaginábamos que iba a llegar a esto”, dice Silvia.
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En la secundaria algunos problemas regresaron: Lucio era víctima de bullying. Otra vez sus padres reaccionaron e hicieron lo posible por ayudarlo. La decisión fue cambiarlo de colegio y las cosas volvieron a encauzarse.

Hasta que Lucio cumplió veinte y empezó a comportarse de manera extraña. Por ese entonces, él estudiaba Filosofía en la Universidad de Buenos Aires, pero no era una época fácil. Sus padres, que hacía veinticinco años que estaban juntos, se separaron. Fue un día del aquel año cuando tuvo el primer brote. Su perro entró en una pelea callejera con otro y él se desesperó. De repente, lo envolvió una ira que sus padres jamás le habían visto, extrema. Días después apareció desnudo, diciendo que le habían robado, pero no parecía ser cierto. Algo raro, algo más, sucedía.

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Dicen que la principal función de un acompañante terapéutico es dar contención convirtiéndose en una especie de chaleco humano. Silvia, sin embargo, dice que no terminó de comprender la expresión hasta que le pasó lo que le pasó y se convirtió en un sostén enorme para su hijo. “Acá lo que es fundamental es el acompañamiento de la familia. Hay momentos que no querés saber nada, que es muy pesado, pero todos nosotros siempre lo acompañamos y fuimos conscientes de que esto era una tarea de conjunto, con errores y con aciertos”.

Cuando Lucio se empezó a tratar, toda la familia se compaginó para acompañarlo. “Todos estuvimos detrás del problema por más distanciados que estuviéramos”, explica Omar. A los que más les costó fue a los hermanos. “Ellos ven el mundo desde su óptica. Son cosas que duelen. Si bien son conscientes de la enfermedad del hermano, hay una parte de ellos que no quiere verlo”, añade.

Silvia piensa que si le tuviera que dar un consejo a otra persona que atraviesa la misma situación, le diría que lo principal es dar amor, pero también, que cada persona de la familia continúe con su propia vida. Ese fue el primer consejo que les dio a ellos mismos el psicólogo y el que más valoran. La esquizofrenia es un trastorno que no se cura, pero con el que se puede aprender a vivir una vida digna. “Es muy difícil”, repiten los dos una y otra vez, “pero se puede vivir una vida”. La pieza fundamental, para los dos, es la medicación. En su historia, marcó un antes y un después.

La culpa es una de las cosas más difíciles de transitar. “Está siempre. Yo creo que nunca se supera como madre, pero trato de manejarlo, porque si me quedo con eso, me perjudico yo y lo perjudico a él. La culpa te la tenés que meter en el bolsillo”, explica Silvia.

Omar remarca que para eso hay que dejar los egoísmos de lado, entregarse. “Yo vivo abocado a él desde que vive conmigo. Te tenés que dedicar como uno se dedicó toda la vida a los hijos. A veces el agotamiento te supera. Pero también somos abuelos, tenemos nietos y lo que queremos es ayudarlos a llegar a buen puerto”, agrega Omar.

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Hoy Lucio tiene 36 y trabaja cuatro horas a la tarde en la inmobiliaria que tienen sus padres. Vive con Omar hace dos años y los anteriores lo hizo con su madre. Cumple un horario, atiende a los clientes. Es una persona tranquila, que disfruta mucho la música y las películas, y cada tanto se junta con algún amigo. “Es muy reservado, pero habla de sus temas: el deporte, la música. Tiene un oído perfecto y una memoria prodigiosa”, dice su padre.

Una vez por semana tiene sesión con el psiquiatra, dos con la psicóloga, y siempre va solo. Aunque no le gusta hablar sobre sus síntomas, toma la medicación que le dan y sus padres creen que sus episodios de descompensación -cuando se siente muy ansioso, duerme mal y tiene pesadillas- son cada vez más leves. Cada vez que se desestabiliza, Silvia le dice que salga a caminar, a descargar.

Una de las cosas que más lo obsesiona es buscar el regalo perfecto para los cumpleaños. “Te hace regalos de lo que te gusta, pero tratamos de limitar esa situación porque se pone muy nervioso”, dice su madre. También es muy perceptivo, quizá más que otras personas. “Hay una conexión muy fuerte entre nosotros. Él presiente cosas que me pasan a mí sin habérselas contado”.

Deja casi todo lo que emprende por la mitad, salvo participar en juegos de rol en los que puede pasarse horas y horas interpretando personajes, tomando decisiones, creando historias, viviendo otras vidas posibles.

 

Foto: Namroud Gorguis en Unsplash

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